Tuve la tentación de denominar esta nota “El sonido y la furia”, plagiando el título de Faulkner, pero preferí dejar la pregunta.

Primera parte.

El domingo pasado falleció Juan Gabriel, archiconocido cantautor (sustantivo que siempre se me ha atorado). De inmediato se desató una verdadera fiebre reverencial, a la que no fueron ajenos los presidentes de México y Estados Unidos. Todos los diarios que se editan en esta capital le dedicaron al asunto un espacio distinguido en sus primeras planas, algunos la plana entera. No cabe duda, el también reconocido como Divo, gozó en vida, y ahora en ausencia, de una popularidad excepcional, es decir, de un lugar privilegiado en la cultura de las grandes masas.

Sin embargo, un funcionario universitario, Nicolás Alvarado, a la sazón director de TV Unam, se atrevió a publicar una columna diciendo lo siguiente: “…conozco apenas unas pocas de sus canciones que, confesaré, me han bastado para identificarlo como uno de los letristas más torpes y chambones en la historia de la música popular, todo sintaxis forzada, prosodia torturada y figuras que oscilan entre el lugar común y el absurdo”. Más adelante, en su texto, afirmó: “me irritan sus lentejuelas no por jotas, sino por nacas, su histeria no por melodramática sino por elemental, su sintaxis no por poco literaria, sino por iletrada”.

En su nota, el ahora defenestrado funcionario, anunciaba la realización de un programa en la barra de opinión de TV Unam (Observatorio cotidiano), para analizar el fenómeno Juan Gabriel, en el cual participarían personas “con rigor intelectual y conocedoras de la idolatría pop”, “periodistas culturales con conocimiento de varias subculturas, entre ellas la gay”, así como “entededores de música de la más culta a la más popular”.

No se había secado la tinta de Milenio, diario en el que ha estado escribiendo Alvarado, cuando ya se había producido una verdadera tormenta de twitters, pidiendo su cabeza a las autoridades universitarias y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, admitió una queja (o varias) y solicitó a esas mismas autoridades “medidas precautorias a Nicolás Alvarado”.

La irritación de quienes exigieron respeto a la memoria de su ídolo encontró eco en las altas esferas de la UNAM y Alvarado se vio obligado a renunciar. Alguna información periodística señaló que había violado el Código de Ética de la UNAM.

He consultado el mencionado Código en busca de los elementos que pudiesen configurar una clara violación a sus contenidos, en especial en sus puntos relativos a “Igualdad”, “Libertad de pensamiento y expresión” y “Respeto y tolerancia”, y no encuentro en ellos algo que justifique ese señalamiento. Por el contrario, creo que la autoridad universitaria se ha dejado llevar por el sonido de los tambores de guerra twitteros y la furia quienes los pulsan.

De lo dicho por Alvarado, lo único que encuentro desafortunado es su calificación a las lentejuelas que solía lucir el difunto, pues el calificativo de “naco” siempre me ha parecido fuera de lugar.

No tengo idea de si el programa de análisis que se proponía se llegó a realizar, pues hubiera sido una oportunidad para el debate acerca de la calidad de la aportación de Juan Gabriel, con su impacto en la cultura popular; también de su deliberada forma de actuar en el escenario (ya se nos olvidó uno de sus precursores: Raphael), así como su posible contribución a la lucha en contra de la discriminación de los y las gays, entre otros temas conexos.

¡Por mi parte, la única de sus 1,800 composiciones que me parece digna de algún recuerdo, desde luego cantada por él, fue Queridaaaaaa!

Segunda parte.

Tres días después de la sorpresiva muerte de JG, se produjo otro acontecimiento que ha dado lugar a otro episodio de sonido y furia: la fugaz visita del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos. Con este motivo, los comentólogos de toda laya y no poco espontáneos se lanzaron a cubrir de injurias al presidente mexicano porque lo recibió y sostuvo una plática privada con él.

La retahíla de calificativos, recogidos en las páginas de la prensa, es extensa y escasamente debe haber por ahí un descalificativo que no haya sido utilizado. Desde pusilánime, hasta traidor a la patria. Calderón, el monero de Reforma, llega al extremo de equiparlo con Antonio López de Santa Anna. Y hasta dicen que por alguna distinguida universidad privada despunta un movimiento para pedir la renuncia de Peña Nieto. Todo dominado por una reacción emocional causada por la presencia de Trump en territorio nacional.

En esta ocasión la tormenta de twitters debe haber alcanzado niveles difíciles de superar y a ella se ha sumado el “qué dirán”, referido a la prensa internacional, de quienes tienen la oportunidad de dedicarse a la comentología.

Como todo lo anterior se aleja, desde mi personal apreciación, de lo que debiera ser un esfuerzo analítico, me ha parecido digno de considerar lo dicho ayer por Héctor Aguilar Camín, es su columna de Milenio: “…en los días que corren, México decidió volverse un lugar de paso interesante para los candidatos presidenciales de Estados Unidos: un lugar más en la campaña” y añade: “la campaña de aquellos candidatos ya sucedía en México con una inmediatez y una penetración sin precedentes, a través de los medios”.

Hay que agradecer al autor de Morir en el Golfo, que aunque de manera sesgada aluda a una decisión presidencial, hablando de “México”, e introduzca un elemento que permite propiciar el análisis y evadir la sarta de improperios e interpretaciones emocionales resultantes de la presencia del “indeseable”.

Al respecto, considero que México ha estado presente en la contienda electoral estadounidense, no sólo por la majadería, la insolencia y las falsedades de Trump, sino por el surgimiento de temas torales como el futuro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. ¿O ya se nos olvidó el impacto que tuvieron las ideas de Bernie Sanders al respecto en el proceso interno demócrata? Ese impacto perdura y forma parte ineludible de la carga política con la que tiene que lidiar la candidata demócrata.

Así fuera por la importancia que tiene el tema del TLCAN en nuestra vida nacional, cabe preguntarse si fue una simple temeridad haber invitado a los dos candidatos a sostener un diálogo del más alto nivel en México. Es decir, si había que hacerlo o no una vez que estamos involucrados en la campaña presidencial en curso. Me gustaría conocer reflexiones serias al respecto.

Por lo demás, es un hecho que la parte republicana vio una ventana de oportunidad y la aprovechó para ahondar en su visión, en tanto que la demócrata lo dejó para después o quizá para nunca.

A lo mejor debió haberse buscado otro formato. A lo mejor hubiera sido bueno que el presidente Peña hubiera recordado que los muros sirven de poco (de la muralla china a la de Berlín). Y así sucesivamente…

Pero más allá del resultado mediático que tanto conmueve a algunos, mantengo la pregunta acerca de si era sensato quedar al margen de un debate del cual formamos parte, por cierto, en momentos en que el libre comercio no vive sus mejores tiempos. Eso, sin dejar pasar la oportunidad de demandar respeto a los mexicanos.

De esto último escribió Rubén Cortes, columnista de La Razón. Ojalá que por ello no esté siendo objeto de un linchamiento twittero similar al de Alvarado.

Ps. Hablo de comentólogos y de comentología, porque eso de la “comentocracia” sólo es un término propio de quienes ignoran, deliberadamente, el sentido de las palabras.

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