La multitud de obras en proceso en la Zona Rosa aconsejan llegar en transporte público y obligan a caminar por allí cuidando de no caer en una zanja.

Un breve recorrido manullena de recuerdos y constato que desaparecieron de la faz de la tierra sitios como el Kineret, a donde íbamos después de la Reseña cinematográfica (también extinta), el Mesón del Perro Andaluz y el Estoril (con su guapa propietaria), a los que acudíamos cuando nos sonreía la diosa Fortuna, y El Parador de José Luis, donde disfrutaba estupendo cocido madrileño como beneficiario de la mesa que reunía periodistas insignes, políticos pujantes y toreros retirados en imperecedera fama.

Se esfumaron La Calesa de Londres y el Delmónicos y la administración de la abundancia. Tampoco sobrevivió el cabaret Jacarandas, donde cada actuación de la brasileña Roxana Tapajós me trastornaba.

¿A dónde fue a dar el Instituto Mexicano Norteamericano de Relaciones Culturales, ubicado en Hamburgo, donde aprendí las veinte expresiones de inglés con las que me he podido defender en casos de apuro?

Sobreviven, la Casa Rionda, para vestir con elegancia, y muy remozado, el Hotel Geneve, cuyo restaurante en los tiempos idos era el preferido de un amigo para reuniones de tenebra política, bajo el argumento de que allí no llegaba ni un alma, puros gringos.

Como quien dice nostalgia pura y dura que me empuja hacia un espacio más o menos vecino, atravesando la glorieta de Insurgentes, inaugurada en 1968, con la primera línea del metro. Casi tropiezo con un grupo de drogadictos menesterosos que usa como sitio de reunión y debate uno de sus túneles.

Ya estoy en la Roma norte, viendo que el edificio de Insurgentes y Tonalá, proyectado por el notable arquitecto Augusto H. Álvarez, en el que tuve mi primer despacho como consultor, fue afectado por el terremoto de 1985, perdió cuatro de sus seis pisos y ahora aloja un banco de pacotilla y un spa.

Pero no todo ha sido pérdida. Se conserva, para mi beneplácito, el puesto callejero en donde venden blocs artesanales para notas breves que compiten ventajosamente en utilidad y precio con los post it.

También ha resistido el avasallamiento el edificio Cristal, sito en Durango e Insurgentes, con sus deteriorados exteriores art decó, pero con sus notables puerta exterior y escaleras intactas. Fue construido hacia los años 40 del siglo pasado y sigo soñando que en caso de demolición me podría quedar con la puerta.

Sé muy bien que estos son tiempos de profundas reflexiones acerca del destino de la patria y del mundo entero, pues parece que fuerzas del mal se han desatado en el norte y amenazan con reproducirse en otras latitudes, pero si ante su llegada no podemos refugiarnos un rato en la íntima nostalgia reaccionaria ¿qué nos queda?, diría la paráfrasis del imperecedero vate jerezano.

Mientras, viajo gratis en el metrobús presentando mi credencial del INSEN.

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