Primera. Las autoridades. Incapaces de definir, planear y ejecutar una política. Vaya, ni siquiera una obra, baste con recordar los segundos pisos del Periféricos, inacabados e inauditables. Ahí está la línea 12 del Metro, o para evidencia actual, la apertura en canal de la avenida Masaryk desde hace meses, con severas molestias a los vecinos y graves consecuencias a los negocios ubicados a lo largo del tramo afectado.

También pueden preguntarles a los habitantes de Coyoacán que tienen semanas esperando que se inicie la “rehabilitación” de una de las dos arterias que cruzan por su centro histórico, pues han estado colgados de árboles y postes grandes anuncios impresos en plástico anunciando que los trabajos darán principio el primer lunes de este mes que hoy termina.

Segunda. Los operadores de los autobuses de transporte público que toman las calles para “hacer base”, invadiendo un carril y haciendo maniobras que afectan aún más la circulación y constituyen peligro para otros vehículos. ¿Y las autoridades?

Tercera. La incesante y cada vez más acelerada proliferación de expendios callejeros de comida que se instalan utilizando tanques portátiles de gas en las aceras de todos los rumbos de la ciudad, sin prevención sanitaria alguna, pues no disponen de agua corriente. Su presencia se hace más notable en torno a los centros hospitalarios del gobierno, en los cuales se supone que debe de reinar la higiene. ¿Y las autoridades?

Cuarta. La permanencia y multiplicación de baches en todas las calles, avenidas y viaductos. Sería bueno instituir el programa “bache amigo”, consistente en grabarse en la memoria los agujeros de las rúas por las que uno circula de manera frecuente, para poder esquivarlos (siempre y cuando no esté lloviendo copiosamente).

Cuando finalmente aparecen brigadas “tapabaches”, su labor simplemente consiste en rellenar los boquetes con una pobre mezcla asfáltica y darle un leve aplanado, sin extraer el material contaminado del fondo y sustituirlo por otro sano, lo que asegura que el bache reaparecerá el siguiente año, cuando mucho. Este descuido de las autoridades contrasta con su afán de “rehabilitar las banquetas”, incluso en rumbos en donde es difícil observar, ya no digamos un intenso movimiento peatonal, sino siquiera uno leve, quizá porque lo encuentran más redituable (al menos políticamente).

Quinta. El gasto que algunas autoridades delegacionales realizan mediante la instalación de “bolardos”, que no son otra cosa que unos cilindros de concreto, supuestamente para evitar el estacionamiento de vehículos en ciertas calles, así como con la colocación de unos pequeños arcos metálicos dizque destinados al estacionamiento de bicicletas. Por lo menos en las calles de la Delegación Miguel Hidalgo por las cuales suelo circular, nunca me ha tocado ver el aprovechamiento de esos artefactos.

Ello, sin olvidar el trabajo de colado de concreto en torno a los postes de toda índole, para después ser pintados con diagonales negras y amarillas, sin propósito utilitario perceptible.

Pero qué tiene que ver mi pobre opinión con la de los contratistas encargados de las obritas de referencia, que multiplicadas deben dejar pingües utilidades.

Sexta. La agresión visual de los anuncios llamados “espectaculares”, que se quitan de un sitio para reaparecer en otros. Díganlo si no, la propagación de este tipo de publicidad en los viaductos y vías periféricas. El ejemplo más contundente y dramático es, sin duda, el cerco de espectaculares que rodea las Torres de Satélite, diluyendo la imagen de una obra de gran valor artístico y urbano. Lo anterior sin dejar de mencionar los nuevos anuncios luminosos de grandes dimensiones que suelen deslumbrar a los conductores cuando cae la noche. ¿Y la aplicación de los reglamentos por las autoridades?

Séptima. La carencia de nomenclatura en las rúas de la metrópoli y la falta de control en la numeración de los inmuebles, lo que hace posible pasar de la casa 1243 a la 1125 y después a la 1336, todas contiguas. Este es otro asunto del que jamás se han ocupado las autoridades.

Octava. La creciente multitud de “limpia parabrisas”, cada vez más exigentes y agresivos, los cuales imponen su ley en numerosos cruceros metropolitanos, sin intervención alguna de las autoridades.

Novena. La falta absoluta de educación vial, que se traduce en la violación reiterada de las señales de tránsito por parte los conductores de todo tipo y tamaño de vehículos y, también, en la conducta de los peatones que se compartan como ganado bovino cruzando las calles en cualquier parte. No hay a la vista acciones de las autoridades para corregir este desorden.

Décima. Las manifestaciones y plantones por todas las causas imaginables, con severas afectaciones al flujo de los vehículos, incluyendo los del transporte público de personas que se dirigen a sus trabajos o escuelas o a realizar diligencias de importancia para sus intereses.

Que yo recuerde,nunca de los nuncasuna “acción política” de esta naturaleza se ha traducido en el triunfo de una causa socialmente significativa y sí en la pérdida de miles de horas en la actividades del resto de los habitantes de la metrópoli.

Pero las autoridades han sido incapaces de imaginar siquiera antídotos razonables a esta plaga, que se presenta un día sí y el otro también, sobre todo en las arterias más concurridas, con efectos nocivos que se extienden a grandes áreas urbanas.

Décima primera. La reproducción cancerígena de malabaristas, saltimbanquis, payasitos y tamborileros, que han tomado los cruceros como escenarios, la mayoría de los cuales no dominan el oficio y tienen materialmente que meterse debajo de los vehículos para rescatar sus pelotas, aros o antorchas. Otra vez, ante la ausencia de las autoridades.

Décima segunda. Los miles de motociclistas, tanto los que reparten comida, mensajes y/o paquetería, como los que utilizan sus artefactos motorizados como transporte personal y hasta de familias enteras, sin respeto alguno por los carriles de circulación ni las luces de los semáforos. Desde luego, sin preocupación alguna al respecto por parte de las autoridades.

Décima tercera. En esta urbe, que es suficientemente plana para hacer uso masivo de la bicicleta, las acciones de las autoridades para promover el uso de este artefacto no se han visto acompañadas por una reglamentación que obligue a usar medidas personales de protección de los ciclistas y de respeto de los reglamentos de tránsito por parte de ellos.

Además, como comentaba la otra mañana Ricardo Raphael, estas personas, a las que cabría atribuir una respetable conciencia ambiental, han tomado las calles por asalto, circulan por las aceras, aparecen de repente dando la vuelta en sentido contrario y un largo etcétera.

Lo que de manera adicional a los riesgos personales que afrontan, pone en peligro la integridad de los peatones y puede ser causa de una colisión, ante la cual inmediatamente las redes sociales acusarán de “asesino” al chofer de un microbús o al automovilista que tenga la desgracia de toparse con un ciclista imprudente.

Décima cuarta. La manía de las autoridades de la metrópoli de gastar buena parte de los recursos públicos en publicidad que trata de convencernos de que vivimos en una metrópoli de ensueño.

Y ahí se las dejo para que le sigan.

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