a S.V.P.

Este año se cumplen 60 de la primera edición de Pedro Páramo y la leyenda acerca de ese hecho ha rebotado y se ha expandido en el ámbito cultural. Más allá de dimes y diretes acerca de cómo Rulfo armó y con el concurso de quiénes publicó su (casi) único libro, lo que puedo decir es que para mí se trata de la cumbre de la literatura mexicana del siglo XX; algunos no le ponen fronteras y se sigue leyendo en todo el mundo.

También este año, al cumplirse 100 años de su nacimiento, se ha recordado y justipreciado a Rafael Bernal quien nos legó El complot mongol, junto con una serie de relatos policíacos, amén de haber sido un prolífico autor en cuya obra se cuenta poesía, novela, cuento, teatro y ensayo histórico.

Y el año pasado, como lo dije recientemente, el FCE celebró el centenario del natalicio de José Revueltas, reeditando su breve hatillo de poemas que él permitió se hicieran públicos. Digo lo anterior porque hay constancia de que rompió alguno de ellos, el cual, afortunadamente fue rescatado, pero nada me impide suponer que en sus múltiples estancias carcelarias se deshizo de líneas, de las cuales en esos momentos se arrepentía.

La poesía de Revueltas me transmite la idea de la soledad en el amor y del amor a la soledad. Un día, su hijo Fermín, a quien tuve el gusto de conocer hace muchos años en estos verdes lares, me dijo: mi papá no sabe vivir fuera de la cárcel. En las páginas de El propósito ciego sólo deja constancia de un poema escrito en las islas Marías en 1937.

El epígrafe del texto introductorio del editor de ese breve libro, José Manuel Mateo, es revelador: “La poesía no es un tema, no es una discusión, es estar ahí (¿cómo, cuándo, dónde?, este es el misterio sin misterios)…” J.R.

Revueltas, como otros tanto poetas, es hermético y hay que pasar los ojos una y otra vez por sus versos para suponer algún vínculo, como en el caso de La cosecha, en el que parece estar hablando de su madre:

No recuerdo si rezabas y no sé, creo que no.

San Andrés de la Sierra era tu poesía

y desde ahí soñabas como hijos, un músico, un pintor

 

No recuerdo si junto a mí, en la penumbra de una

habitación

rezabas algo; y no, no quiero recordarlo;

una vez caíste de rodillas. Me llevaban preso.

 

En fin, Revueltas es un excelente poeta que me ha tocado de manera profunda. No lo puedo equiparar con otros, porque soy un lector ocasional de poesía y mis emociones al respecto se quedaron ancladas hace muchos años, aunque ahora, alentado por un buen amigo comience a releer a Sabines y a transitar otra vez por las líneas de Leduc. También tengo que repasar Muerte sin fin, que me dejó lleno de dudas y zozobra.

Termino esta breve intromisión con los versos de un soneto escrito por José Revueltas, un poco más de dos años antes de que yo llegara a este país, para mí cada día más lleno de misterio, se titula Redención de la ausencia.

Cuando tu voz es más que la presencia

y en los adioses detenido el aire,

nos lo vuelven las alondras grave

al doble tacto de tu doble ausencia.

 

Cuando abierto ya el cielo y su clemencia

caídos del crepúsculo los ángeles

en nubes reman sus oscuras naves

y te siento más cuerpo y más esencia.

 

Cuando en el hueco de la mano caben

monedas blancas de luna e indolencia

y se adhiere a los árboles la calle,

 

¡ay, qué venas de aguda trascendencia!

¡ay, ay, qué blando el corazón nos sale

por los poros de la convalecencia!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *