Hace tiempo, bastante por cierto, cuando íbamos al cine Paris o a los cineclubes de la época, a ver las películas de Michelangelo Antonioni, con la inolvidable Monica Vitti, (La aventura, La noche, El eclipse…) a la salida y varios días después, se armaban sabrosas discusiones acerca de las dificultades –algunos decían imposibilidad- de la comunicación y, concomitantemente, del acompañamiento.

Era un momento en que los realizadores de cine y de literatura, casi en su totalidad europeos, planteaban el dilema que constituyen las formas de relacionarse entre los seres humanos.

Cuando pasé a involucrarme en actividades de carácter profesional y laboral, ese tipo de meditaciones quedaron, si no borradas, un tanto cuanto arrinconadas toda vez que, en mis trabajos una parte esencial fue siempre la comunicación con otras personas de muy diversos orígenes, con una extensa gama de experiencias, intereses y preocupaciones.

En tiempos recientes ha llamado mi atención el efecto que ha producido el avance tecnológico en términos de las múltiples posibilidades que tiene un número creciente de personas para comunicarse entre ellas. Es raro que en los espacios urbanos, en los restaurantes y en los medios de transporte no tenga uno a la vista a numerosos congéneres haciendo uso de sus teléfonos celulares o sus tabletas.

Lo anterior llevaría a pensar que las añejas preocupaciones que compartían los intelectuales europeos de los años 60 del siglo pasado, son eso, asuntos del pasado, pues hoy, medio mundo se comunica con la otra mitad.

El asunto no es tan fácil de juzgar. Se dice, por ejemplo, que una joven mujer guatemalteca invitó, a través de Facebook, a un pequeño grupo de sus amigos a reunirse para protestar contra la corrupción y que la invitación se extendió y la respuesta fue mucho más allá de lo que ella habría esperado. Como sabemos, la evolución de ese llamado tuvo como consecuencia una verdadera onda expansiva que se manifestó en las calles y acabó por liquidar al gobierno que encabezaba Otto Pérez Molina. He ahí pues, un resultado neto y hasta sorprendente de la capacidad de los actuales medios de comunicación.

Hace unos días leí una nota que refería el proceso interno de sucesión en la presidencia del PRD en términos del número de opiniones virtuales recibidas a favor de los distintos aspirantes a ese cargo. Esto constituye una muestra de la necesidad que tienen hoy en día las formaciones políticas de hacer uso de las tecnologías de la información y la comunicación (las famosas TIC) para exponer sus propuestas y hacerlas avanzar, discutiéndolas en las redes sobre todo entre la población joven. Quien no lo haga y confíe exclusivamente en los métodos usuales de hacer reclutamiento o propaganda, ésta casi siempre de mal gusto e inevitablemente costosa, estará tocando las puertas de la derrota.

Existe también otra vertiente de este asunto y es el relativo al uso de las TIC para comentar los artículos de opinión que se pueden leer en la prensa virtual. Tal es el caso de los comentarios que reproducen varios periódicos mexicanos y extranjeros, entre los que suelen predominar las descalificaciones sin análisis, los insultos y las expresiones más viles, razones por las que, después de unas cuantas experiencias, evito siempre leerlas. Eso sin faltar los chistes y memes (antes se les decía fotomontajes) que circulan por miles, todo lo cual me hace pensar que las TIC son la forma más veloz y eficaz de difundir la estulticia.

Sin duda, por el paso del tiempo, estoy alejado del uso intensivo de las TIC, pero una opinión de Roger Bartra, en una entrevista que publicó El País, el domingo 13 de este mes, me ha dejado pensando en las profundidades de la dificultad de la verdadera comunicación y la compañía que discutíamos a la salida del cine. Dice el conocido antropólogo: “La cultura de las redes implica una hiperconectividad pero también una extrema soledad, la soledad de un individuo ante una pantalla [de computadora o tableta o al lado de un teléfono celular, agrego yo] mucho más conectado que antes pero más solo que nunca”.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *