a JAM y RVB.

Siempre he encontrado muy poco atractivas las comparaciones en las que se alude a una persona como especie de copia de una proveniente de otra latitud. Por ejemplo: el Charles Atlas mexicano o para exagerar: “el Lech Walesa brasileño”, refiriéndose a Lula da Silva (claro, en otro momento y contexto).

Aunque es recurso es muy socorrido, no encuentro necesario citar otro caso, traigo el asunto a colación por la reiterada aspiración de algunos comentólogos y analistas de encontrar al “Macron mexicano”, como fórmula mágica para encabezar lo que, a su entendimiento, podría ser una especie de resurrección de la república.

También es posible que quienes andan detrás de la idea de crear “frentes” para buscar el triunfo en las próximas elecciones presidenciales tengan el mente el sorpresivo éxito del movimiento ¡En Marcha!, lanzado por el actual presidente francés un año antes de los comicios.

Al propósito de constituir dicho frentes, con los que se busca desplazar al PRI del poder y/o impedir el posible triunfo de Morena en 2018, se suma la búsqueda de una persona sin militancia política evidente para que se convierta en lo que ha dado en llamarse “candidato ciudadano”, como si los demás no lo fueran, y también “candidato independiente”, pensando en algo así como un elemento etéreo, al margen de cualquier contaminación política, aunque tal pretensión resulte absurda por donde quiera que se le vea.

Esta dinámica trae a mi memoria las clases de historia de México, recibidas de la maestra María del Carmen Velázquez, en las que describía el anhelo de la sociedad que vivía los años convulsos posteriores a la independencia nacional, por encontrar lo que ella identificaba como “el hombre providencial”.

El asunto, desde mi perspectiva, tiene dos vertientes. La primera, pensar que un personaje con investidura providencial tendrá las capacidades para enfrentar las múltiples y complejas circunstancias que aquejan la salud del Estado y la nación mexicanos.

Como se está empezando a ver en el caso del propio Macron, no es lo mismo aglutinar y captar el descontento ciudadano, o el temor ante algún radicalismo como el de Le Pen en las urnas, que intentar medidas que devuelvan a Francia la robustez económica y el acuerdo social que tuvo en momentos idos. El sólo declive del 10% de su aceptación en un mes, es muestra clara de que intentar mover los factores de la estructura económica y sus articulaciones sociales no puede ser un simple acto de voluntad, por más plausible que éste sea.

Otro elemento que conviene traer a colación es el hecho de que el mandatario francés difícilmente puede ser considerado como un hombre de Estado. Cocinado en los hornos de la Banca Rothschild y de la poderosa multinacional Nestlé, tengo dudas relativas a su evolución hacia posiciones sensibles y sólidamente sustentadas acerca de las grandes necesidades de la sociedad francesa, más allá de las surgidas del mercado.

Digo lo anterior porque, mutatis mutandi, como suele decir mi compadre R. no alcanzo a ver en el horizonte nacional a verdaderos hombres de Estado, capaces de hacer una lectura correcta de la actual circunstancia nacional, diseccionándola y apuntando soluciones viables (social, técnica y financieramente) para atender el catálogo esencial de sus dolencias. De esa segunda vertiente he de ocuparme en otra nota.

La actual situación de México reúne características que difícilmente pueden ser debidamente atendidas y resueltas en sus aspectos más álgidos y urgentes por el desempeño de un mandatario, por amplio que sea el respaldo que reciba de los electores para ejercer su mandato.

En aquella etapa de nuestra historia a la que se refería la maestra Velázquez, México había sufrido dos invasiones y librado dos guerras, con la pérdida de la mitad de su territorio; vivía una condición casi permanente de violencia en la lucha por el poder con brotes a lo largo y ancho de su territorio, que había dado paso a la inseguridad y al bandolerismo, con la respectiva cauda de problemas de gobernabilidad, en la que metían las manos todas las facciones, incluidas los detentadores de la propiedad y la iglesia católica y quienes se identificaban con los intereses de ellos, todo esto en demérito de una gran mayoría de la población marginada en casi todos los sentidos, en particular en las áreas rurales.

La respuesta no vino por la inspiración y la iluminación de un solo hombre. Fue decisivo el aporte de un contingente que bregó incansablemente a lo largo de algo más de un par de décadas, bajo los principios del liberalismo, con todas sus luces y también con sus sombras, para sentar las bases que permitieron el verdadero surgimiento del Estado mexicano hacia el tercer cuarto del siglo XIX. Fue el producto de un aporte colectivo del grupo en el que don Daniel Cosío Villegas vio mexicanos con estatura de gigantes.

Sé bien que no deja de ser una aspiración de muy difícil concreción encontrar en estos momentos, por razones que sería necesario desmenuzar, una pléyade remotamente similar a la que restauró y consolidó la República, pero a lo mejor la afanosa búsqueda de un personaje nos permite comenzar a hacer conciencia de que no aparecerá en el horizonte un Macron mexicano, puesto que lo que necesita México es el aporte de un conglomerado con capacidad de debatir a fondo las necesidades nacionales para encontrarles respuestas adecuadas, ajenas al voluntarismo o a la irradiación providencial.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *