Había perdido la sana costumbre de ir a las librerías de viejo, pero mi actual condición ha favorecido el retorno a esa sana costumbre.

Por el rumbo donde vivo hay varios de esos establecimientos, así que no tengo necesidad de ir hasta la calle de Donceles en el mero centro de esta ex Ciudad de los Palacios, ahora en severo riesgo de verse constitucionalizada.

En esos lugares no siempre se encuentra lo que se busca, pero si encuentras lo que no se busca y bastante barato. El secreto es ir con tiempo y, si es posible, hacer migas con el librero o la librera (para que no enfurezca el Conapred).

Vale decir que la masificación se llevó por delante lo que yo entiendo por librero; es decir, alguien que sabe de libros porque los lee. Los últimos libreros que conocí eran unos jóvenes uruguayos que manejaban El Jaguar en la glorieta de Manuel M. Ponce y Juventino Rosas, en la colonia Guadalupe Inn. Habían leído todo, como lo hacen Julio Patán y Nicolás Alvarado, y hacían estupendas sugerencias. Ahora hay que conformarse con tratar con personas encargadas de atender a la clientela, las cuales sin la más remota idea de los contenidos, tienen noción del sitio en donde se puede encontrar un libro, siempre y cuando uno sepa con precisión lo que está buscando,. Más o menos como en una ferretería.

Pues bien, a la vuelta de la casa está la librería de viejo El Tomo Suelto, a cuyo propietario conocí hace poco y resultó todo un hombre de libros. Su expendio se acaba de mudar enfrente, después de haber estado por muchos años en la acera sur de Miguel Ángel de Quevedo.

Entre los temas que salieron a relucir en esa conversa, estuvo que conservo un separador, más bien corto, con el dibujo de una tehuana hecho por Miguel Covarrubias, y él me dijo que fue el primero con diseño que les dieron a sus clientes. Ahora el negocio se ha expandido y cuenta con diseñadores para sus promociones y varios servicios como la búsqueda de ejemplares que pueden solicitarse a través de internet. Quedamos en intercambiar libros viejos. Yo podré deshacerme de un buen número que no pienso volver a abrir.

El asunto me llevó a recordar a Polo Duarte, a cuya librería de viejo, ubicada en avenida Hidalgo, en un costado de la Alameda Central, fui alguna vez en compañía de mi amigo el Peli. Después se mudó a la calle de Carpio en el costado de otra Alameda, en Santa María la Ribera, la del famoso kiosco morisco.  En ese nuevo local hice muy buenas migas con Polo, al grado de dejarme subir al tapanco en donde guardaba verdaderos tesoros. Eso sí, había que ir con las ropitas más gastadas y un sello de Mentholatum en la nariz, porque el polvo acumulado no era poco.

En ese placentero escondite, puede acariciar varios volúmenes casi sagrados, pero el que viene a mi recuerdo es Historia del Duelo en México, ilustrado con fotografías de los actores en esas lides y hasta con algunas escenas de los duelos. Se trataba, me dijo Polo, de un libro, editado durante el porfiriato, cuya circulación se había prohibido. (A propósito, si no han leído Los duelistas de Joseph Conrad, léanlo y si ya lo leyeron, reléanlo).

La vida me llevó a otras latitudes y afanes, dejé de ver a Polo, de ir los sábados a su librería y sólo pude lamentar profundamente su partida a principio de los años ochenta. Siempre supe que era toda una institución y que su establecimiento era una auténtica arca de valiosos descubrimientos para los bibliófilos.

Cuando se adquiere un libro de segunda mano, las sorpresas suelen ser múltiples y variadas. Desde el nombre del propietario original en la primera página, costumbre inútil pero muy arraigada, hasta flores secas que hablan de posibles efluvios románticos. Desde luego, en muchos casos ha anotaciones y subrayados, algunos explícitos y otros sincréticos, los cuales siempre me llevan a la relectura del párrafo, en busca de un matiz que posiblemente no pude percibir en una primera pasada.

Mi más reciente hallazgo es un boleto del metro de Paris, de alguien que lo abordó en la estación Madeleine y lo metió entre las páginas del libro que en esos momentos llevaba consigo. ¿A cuál Arrondissement se habrá encaminado? ¿En busca de quién? ¿O simplemente se dirigía a su sillón favorito para continuar la lectura?

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