Son tiempos estos de leer y releer. Como siempre, tenía y sigo teniendo en mis no muy nutridos libreros lecturas pendientes, muchas de las cuales no pasarán de allí. He abierto libros y los he vuelto a cerrar con sólo leer dos o tres páginas, como dicen que hacen los cirujanos cuando se topan con una situación de metástasis. Pero también he tenido suerte y he recorrido territorios a los que me quería asomar desde hace tiempo. Así, me enfrasqué con el Adiós Poeta, de Jorge Edwards, y ayer en una librería de viejo conseguí Confieso que he vivido, del propio poeta. La primera frase promete: “Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia”. A ver qué tal. A lo mejor algún día les cuento algo que encontré acerca de este personaje tan lleno de luces y de sombras, del que muchos estuvimos intensamente cerca hacer algunos ayeres.

Pero de lo que quiero hablarles, es una forma de decirlo, sin sonidos, es de un escritor al que he vuelto y hoy me ha dejado profundamente impactado. Me refiero a Manuel Vázquez Montalbán, al que seguramente muchos de ustedes, a los que gustan de las novelas de detectives o policíacas (novela negra también le dicen, un poco estúpidamente; P.D. James no protestaría, porque el título de su libro en inglés es Talking about detective fiction) habrán leído hace algún tiempo.

Vázquez Montalbán nació un poco más de medio año antes que yo en Barcelona, practicó el periodismo, la poesía, el ensayo y murió en octubre de 2003 en Bangkok; lo último no deja de tener su gracia. No el que se haya muerto, sino en donde tuvo la ocurrencia de hacerlo.

Hace tiempo devoré Yo maté a Kennedy, Tatuaje, La soledad del manager, Asesinato en el Comité Central, La rosa de Alejandría y El balneario. Confieso que con las lecturas me pasa lo mismo que con la mayoría de las películas; después de dos o tres años puedo volver a verlas sin acordarme de un solo trozo de la trama. Así que tal vez leí otros y no los recuerdo.

En esta ocasión tomé al azar Los pájaros de Bangkok, quizá porque siempre me intrigó porque se fue a morir allá y también porque un amigo que ya no está me insistió en que era uno de los mejores, si no el mejor libro del creador del detective Pepe Carvalho.

De ahí pasé a Los mares de sur y tengo pendiente regresar a Tatuaje. Pero en estos días  me he dedicado a esa joya que es El delantero centro fue asesinado al atardecer, que creo estar seguro de no haber leído previamente.

La trama de las novelas de este género puede ser más o menos atrapante, pero yo encuentro atractivas aquellas que, prácticamente por encima de la madeja que tienen que desenredar, casi siempre a partir de un cadáver o prospecto de cadáver, tienen la virtud de reflejar un entorno social, económico, político, cultural.

Creo que perdí mi visión idílica de los países escandinavos con la ayuda de Henning Mankell o de Jo Nesbo, quienes me han confirmado que la ambición, la maldad y la desigualdad están repartidas con largueza entre todos los humanos, independientemente de las latitudes en las que viven.

Pero regreso a la historia del delantero centro, construida con la maestría de Vázquez Montalbán, que en menos de 200 páginas hace un espléndido retrato de la especulación urbana en la Barcelona pre-olímpica, con el telón de fondo –como en todas sus noveles- de la transición política española, a veces con una breve frase o con una simple imagen, sin dejar de mostrar la brutalidad policiaca, el  narcomenudeo y la discriminación racial.

Cierto, las aventuras de Pepe Carvalho siempre están salpicadas de una sólida gastronomía y también de una buena dosis de sexo, pero en esta obra hay una pérdida sensible, la de un limpiabotas que ha sido su informante por años y el recuerdo de otra pérdida, la de una perra, con la que  termina Los mares del sur. Aflora en esos momentos la fibra sensible que se esconde detrás de la dureza de su oficio de detective privado aborrecido por la policía.

Las reflexiones del autor tienen que ver sobre todo con la justicia y con el contraste entre la herencia social de los grupos favorecidos por el franquismo y las amplias secuelas de la situación económica de las grandes mayorías, previa al gran salto de la economía española de fin del siglo pasado. En suma, tienen la capacidad de ilustrar una buena parte de la condición humana.

Otro tema que aparece en casi todos las narraciones es el rompimiento del detective Carvalho con el contenido de su biblioteca, cuyo acervo aprovecha para alimentar el fuego de su chimenea. En uno de los relatos mencionados se deshace de un libro de Carlos Fuentes, con el recuerdo de un talante soberbio, y se reprime, por razones sentimentales-políticas, de quemar el Poeta en Nueva York, de García Lorca. No dejo de manifestar que casi siempre esas páginas son de gran disfrute.

Todo lo anterior para refrendar mi admiración por un gran escritor. En una de esas hasta averiguo qué andaba haciendo en Bangkok.

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