La bandera de los verdes y sus portadores se han vuelto a cubrir de gloria. En el ámbito del Distrito Federal, los circos no podrán presentar espectáculos en los que participen animales distintos a los humanos. Para tales abanderados lo alcanzado en la Asamblea Legislativa tiene resonancias épicas, pues es para lo más que dan.

Quizá se hubiese podido impulsar una reglamentación para vigilar el maltrato a esos seres, pero eso habría exigido la creación de un cuerpo especializado en la materia y, tal vez, como en tantas otras acciones de carácter normativo, se hubiesen abierto las puertas a prácticas calificadas de indeseables, las cuales ocurren prácticamente a la luz del día en innumerables rubros.

Ahora que si tales paladines de veras tuvieran voluntad de aniquilar el sufrimiento de animales, tendrían que entrarle, en serio, a la prohibición de las corridas de toros y las peleas de gallos, que suelen ser el plato fuerte de las ferias que se celebran todo el año a lo largo y ancho del territorio nacional. Y también a combatir las peleas de perros, que se dicen clandestinas pero que sus aficionados saben cuándo y dónde se realizan todo el tiempo. ¿Se acuerdan de Amores Perros?

Y, por qué no, también comprometerse en la eliminación de las peleas de box, en las que participan animales humanos y en las que con alguna frecuencia hay pérdidas de vidas, para no hablar de las lesiones duraderas que dejan a muchos boxeadores en condiciones físicas y mentales lamentables por el resto de sus existencias.

Pero para todo ello se necesita, además de una férrea voluntad, una inquebrantable determinación para combatir con los intereses que están detrás de los toros, los palenques y el ringside.

Y hablando de peleas entre animales humanos, no hay día en que los medios informativos dejen de ofrecer escalofriantes datos e imágenes de casos del llamado bullying.

Que yo recuerde, desde siempre, en las escuelas públicas y privadas a las que asistí para cursar primaria y secundaria, hubo abusones que se regodeaban en tener atemorizados a sus compañeros y abusar físicamente de ellos, pero el asunto no tenía dimensiones de plaga cotidiana y muchas veces se solucionaba con una buena entrada de moquetes. Ahora, me sorprende que se quiera juzgar e incluso castigar penalmente a los maestros de alumnos víctimas de bullying, como si ellos fueran los promotores de tales hechos (aunque no dudo que por ahí, como puede ocurrir en cualquier situación, haya profesores que alienten la violencia entre sus pupilos).

Yo tengo la impresión de que en eso del creciente acoso escolar están influyendo varios factores entre los que ubico, precisamente, a la divulgación morbosa de estos hechos, aunque los responsables (por decirles de alguna manera) de los medios informativos alegarán que su deber es transmitir al público lo que ocurre. No se debe olvidar que cada vez que apenas se insinúa la conveniencia de reflexionar sobre el manejo social de algún tema, comienzan a vociferar: ¡censura! ¡censura!

También menciono la creciente promoción de la exhibición televisiva de las peleas de MMA (por sus siglas en inglés) que es algo así como “artes marciales mixtas” en las que se vale casi todo, incluyendo golpear al rival en el suelo mientras se le sujeta; me ha tocado ver desagradables escenas de algunas de esas peleas en restaurantes, pero pasan por la televisión que llega a miles de hogares. Por último, habría que considerar la violencia intrafamiliar que no es marginal y va desde la verbalización hasta los golpes entre los cónyuges y entre ellos y sus hijos.

Se trata, pues, de elementos que se agregan a la de por sí bastante violenta situación que vive nuestra sociedad y se necesitaría algo más que banderas de colores llamativos para identificar sus causas y combatirlas, pero eso no lo harán jamás sus portadores porque significaría poner en riesgo sus propios intereses y es más fácil domar a los cirqueros, que son menos y, en general, cuentan con pocos recursos.

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Sobre el autor

Marco Alcázar Ávila

Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México, A.C. Embajador de México en Belice. Secretario Técnico de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, presidida por la Senadora Rosario Green. Cónsul General de México en San José, California. Publicaciones: “México y Centroamérica: una política integral”, en La política exterior de México, Metas y obstáculos. ITAM, Siglo XXI, 2013. “El ideólogo en su laberinto”, en Otro sueño americano. En torno a ¿Quiénes somos? de Samuel P. Huntington. Editorial Paidós, 2004. “Apuntes para una política hacia los mexicanos de allá”, en El Nuevo Milenio Mexicano, Universidad Autónoma Metropolitana, 2004. “El Mecanismo de Tuxtla y Centroamérica en la política exterior de México”, en Revista Mexicana de Política Exterior de la Secretaría de Relaciones Exteriores., 2000; en coautoría con Laura Mora Barreto.

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