Mientras en las cuatro paredes de cafés, recintos y aulas rebota la palabra unidad, unidad, unidad y más unidad, dos distinguidas lideresas de picudísimas organizaciones de la sociedad civil se jalonean (metafóricamente) del chongo al grito de: ¡esta marcha es mía!  Y me pregunto si hay que añadir algo al respecto.

Por razones emparentadas con el origen de tan elegante reyerta, surge la duda de si nuestro destino en el futuro inmediato será seguir desempeñando el papel de ratones en cocina de azulejos, viendo la manera de esquivar los escobazos del Tuitero Mayor, bajo la guía de un doctor empeñado en aprender.

En ambos casos me percato que la abundancia de opiniones y voces de personajes de todo tipo de pelajes políticos, económicos y sociales, protagonizando un sabroso conciliábulo, deja muy poco que agregar.

Pero, a la manera de una tabla de salvación llega, en El País (fuente de una porción generosa de mi escasa sabiduría) una nota titulada “Desafío al imperio digital”, que trata de un tema crucial en nuestros días: “la reproducción infinita que impone la era digital”, asunto relevante para los intereses de un grupo cada vez más reducido de antiguos, entre los cuales me cuento. La nota refiere que “ocho escritores volverán a sacudir sus manos y su memoria sobre una máquina de escribir para redactar a tecla y tinta” unos textos que habrán de exhibirse temporalmente en un escaparate en Santiago de Compostela.

Esa noticia trajo a mi memoria una reflexión del insuficientemente llorado Ricardo Piglia, contenida en su libro El último lector, publicado en 2014, quien al hablar de la aparición de la máquina de escribir, nos dice que ese artefacto separó “históricamente la escritura artesanal y la edición”. De hecho, puntualiza, “fue inventada para copiar manuscritos y facilitar el dictado, pero inmediatamente se convirtió en un instrumento de producción”. Y culmina diciendo: “Lo mismo, desde luego, podríamos decir hoy de los ordenadores de textos”.

Como pueden ver, estamos viviendo un quiebre cultural cuyos alcances no podemos imaginar, pero acerca del cual vale la pena meditar. Creo.

Termino, como dicen los expositores que suelen prolongar sus intervenciones otra media hora, con una cita odiséica de Kafka, que nos obsequia el propio Piglia: Las sirenas tienen un arma más terrible que su canto: su silencio.

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