Creo que nadie con un mínimo interés por la actual situación nacional puede estar considerándola como algo digno de celebrar, incluso si está pensando derivar de ello una ventaja de cualquier tipo.

No obstante, resulta inevitable hacer comparaciones y llegar a la conclusión de que a lo largo y ancho de nuestro territorio hay unas situaciones peores que otras y hasta congratularse de no estar viviendo las más desafortunadas, aunque con el santo temor de que se produzcan procesos de contaminación.

En estos días la capital del país fue escenario de una acción armada de la autoridad federal en contra de una organización delincuencial, en la Delegación Tláhuac, que hizo pensar en situaciones similares habidas en regiones del norte de México de las que casi a diario se tienen noticias de enfrentamientos de idéntica violencia y trajo a nuestro vecindario escenas análogas a las reproducen los medios informativos nacionales y regionales.

Como resultado de estos hechos ha vuelto a aflorar una especie de miopía, ignoro si deliberada, de quien encabeza el gobierno de la ciudad, argumentando que no se trata de manifestaciones mafiosas sino de simples prácticas algo extendidas de narcomenudeo.

Esta posición negacionista ha sido mantenida por ese funcionario a lo largo del tiempo, pese a las muy amplias, documentadas y reiteradas advertencias de analistas especializados en temas relacionados con la imparable expansión de las múltiples y diversas actividades de los grupos del llamado crimen organizado, que tienen lugar en distintas modalidades en la zona metropolitana de la ciudad de México y en varias áreas tanto de su periferia como de su parte central.

Una noticia procedente de Italia, que en nuestro imaginario tiene el copyright de la conducta mafiosa, muestra la dificultad de asumir determinadas realidades. Se trata de la sentencia de un tribunal romano que condenó a un promedio de 20 años de prisión a 41 individuos notorios responsables de numerosos actos delictivos cometidos en Roma; pero, pese a los múltiples elementos que evidenciaban su manera de actuar en forma asociada, llegó a la conclusión de que la señalada como Mafia Capitale no era tal, y por lo tanto faltó el agravante que les hubiese aumentado en forma importante los años tras las rejas.

Es decir, siempre es necesario considerar el color del cristal con que se mira, aquí y en Roma.

Vinculado a lo anterior, no deja de llamar la atención la ingenuidad, para decir lo menos, de quien ocupa la rectoría de la UNAM, celebrando la acción de la autoridad en Tláhuac como una pieza clave para acabar con el narcomenudeo en la Ciudad Universitaria.

Cualquiera que acuda diariamente a ese recinto y tenga los ojos y los oídos medianamente abiertos, identifica, desde hace tiempo, los sitios que están a su alcance para abastecerse de sicotrópicos, si tiene gusto por ellos. Lo anterior, sin olvidar que desde hace 17 años (y varios rectores) el auditorio Justo Sierra, apodado Che Guevara, es un enclave de la distribución de drogas.

Por ello no deja de dar pena que ante hechos recientes acaecidos en el interior de CU, relacionados con el tráfico de drogas al menudeo, la respuesta de la autoridad universitaria haya sido colocar unas risibles rejas en determinadas partes del campus, consideradas como las de más alto riesgo, a través de la cuales nada impide que pase un churro, una tacha o un paquetito de pastillas.

En fin, que entre la miopía y la ingenuidad, se queda uno sin saber qué es más grave y qué nos acerca más al común denominador nacional del avance de la delincuencia.

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