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A volapié: De hipocresías, desvergüenzas, olvidos y algo más

Cuando yo me fui pa’l Norte
me colé por California
yo no tenía cartilla, ni pasaporte
ni amigos, ni palancas en migración
pero me colé con resolución

Recorrí varios estados
de la Unión Americana
en Arizona y Texas y por Louisiana
siempre sentí la falta de estimación
que es que dicen que es discriminación

Ay, qué triste es la vida
qué triste vida es la del bracero
ay, cuánta decepción
cuánta desolación

Lejos de nuestros padres
y de la novia y del compañero
dan ganas de llorar
con sólo recordar

Al pasar por Minnesota
y por Cleveland, Ohio
cuánto le suspiré al Rancho del Pitayo
rancho que abandoné por aventurar
y al pensar en él, quise regresar

Si tú piensas ir, detente
o si estás allá, regresa
donde está tu terruño y está tu gente
y el rinconcito aquel que te vió nacer
donde está el amor que puedes perder
¡Ay ay  ay!

Esto lo cantaba Pedro Infante allá por 1953, cuatro años antes de morir en un accidente aéreo, y once antes de que terminara oficialmente el Programa Bracero, acordado entre México y Estados Unidos en 1942 al calor de la demanda de mano de obra para el trabajo agrícola en el tiempo en que tenía lugar la Segunda Guerra Mundial.

El autor de la letra fue Rubén Méndez del Castillo, un grande de la música popular, originario de Zapotlán el Grande, mal apodado Ciudad Guzmán. Se trataba de una canción que invitaba al retorno por parte de un paisano que se las había ingeniado para introducirse en territorio estadounidense sin papeles y ahora estaba atenazado por la nostalgia.

La escuché estando en la secundaria y, aunque soy desafinado (por algo me corrieron del coro de la Prepa), recuerdo la melodía y puedo cantarla.

El recuerdo viene a colación en estos días en los que el desgarramiento de vestiduras por la suerte de los mexicanos potencialmente deportables de Estados Unidos cobra dimensiones verdaderamente escalofriantes.

Pero, como el descuartizador de Londres, vayamos por partes.

Primero, la hipocresía.

Todavía durante la vigencia del Programa Bracero y después de su extinción formal, las autoridades estadounidenses se hacían de la vista gorda ante el arribo de migrantes mexicanos indocumentados, porque la demanda de mano de obra superaba la oferta local.

Esta actitud se modificaba, aplicando mayor o menor rigor a la vigilancia fronteriza, según los ciclos de expansión y contracción de varios segmentos de la economía gringa, entre ellos, de manera destacada, la agricultura y la construcción.

A lo largo del tiempo las autoridades mexicanas también voltearon a ver hacia otro lado, pues la emigración se convirtió en una cómoda válvula de escape a la presión social derivada de un crecimiento insuficiente de nuestra economía.

Por cierto, hasta hace poco tuve oportunidad de ver a los activistas del llamado Programa Bracero Proa, demandando al gobierno fondos que retuvo (varios millones de pesos), los cuales debieron ser entregados a ex – braceros o a sus familiares. Nunca me quedó totalmente claro si se trataba de una petición justa y fundamentada o si era parte de la industria del reclamo de la que se han beneficiado varios vivales a lo largo del tiempo o, tal vez, una mezcla de las dos.

Después, la desvergüenza.

El anterior gobierno estadounidense, encabezado por el carismático Barack Obama, deportó a más de dos millones de mexicanos, respondiendo a los estragos de la crisis de 2008, que todavía se resienten en varios rubros de la economía mundial.

A lo largo de las acciones de quien fue llamado, con gran precisión, “el deportador en jefe”, nunca saltaron a la palestra los gobernadores agrupados en la anticonstitucional Conago, ni los titulares de las secretarias del gobierno federal, que hoy proclaman a los cuatro vientos su preocupación y solidaridad con las esperadas oleadas de mexicanos que arribarán a territorio nacional.

A lo mejor exagero, pero quizá ustedes conocen a alguien que me pueda decir cuántos de los más de dos millones de mexicanos devueltos por Obama, se volvieron a internar en los EUA y cuáles fueron las acciones de los gobiernos federal y estatales para insertar en actividades remuneradas a los que decidieron permanecer en México, y dónde estuvieron los programas especiales para absorber en el sistema escolar a los miles de niños y jóvenes repatriados. Al parecer, las autoridades educativas no admiten que esas personas puedan inscribirse formalmente en las escuelas por carecer de una especia de apostilla, la cual no pueden obtener por obvias razones.

Es verdaderamente penoso ver al gobernador de Morelos, presidente de la Conago, dándose patrióticos golpes de pecho y al Secretario de Salud anunciando medidas de protección para los que vayan llegando, cuando a ellos y a sus antecesores los tuvo sin el menor cuidado la suerte de los deportados por el simpático afroamericano ex habitante de la Casa Blanca.

Y ante la promesa de absorber a los llamados “dreamers”, no queda sino recordar el alto porcentaje de aspirantes rechazados en los sistemas preuniversitarios y universitarios públicos mexicanos.

Sigo con el olvido, que a lo mejor es simple ignorancia.

Las lamentaciones por la forma en que los repatriados son devueltos, encadenados, con ropa carcelaria y sin comer, lo único que revelan es el absoluto desinterés por esa forma de proceder propia de las anteriores autoridades migratorias estadounidenses, que actuaban así desde “endenantes”, a pesar de los varios acuerdos de repatriación segura y ordenada firmados entre personeros de los gobiernos de México y de los EUA, los cuales, a lo mejor, se tradujeron en alguna nota diplomática, pero no modificaron esas prácticas en la realidad. Cualquier testigo de lo anterior puede corroborarlo si tiene un grano de memoria, sinceridad y honradez.

Por lo que hace al trato violatorio de los derechos humanos de los extranjeros, predominantemente mexicanos, baste recordar las prácticas del sheriff de Maricopa, Joe Arpaio, Para mí está claro que, como cualquier país, Estados Unidos está en su derecho de expulsar a quienes se encuentran en su territorio de manera irregular, desde el punto de vista de las disposiciones migratorias. Lo que de manera alguna es admisible es que en esos procedimientos de expulsión haya una violación sistémica de los derechos de los seres humanos primero detenidos y luego expulsados.

También se crítica a los funcionarios del Instituto Nacional de Migración por interrogar a las personas integrantes de los grupos de deportados que son entregados masiva y expeditamente en las garitas, para saber si son o no mexicanos. Se trata, a no dudarlo, de una práctica ex post, como dicen los que dominan el lenguaje de la planeación, pero, de ninguna manera constituye una novedad.

Pero ahora hay un villano favorito (que, sin duda, hace su trabajo de provocación, majadería y amenazas de manera eficaz) y ha llegado la hora de gritonear, con el notorio entusiasmo de los medios de comunicación, los cuales hoy, para complacer a la tribuna, publican la foto de un señor que cobra como diputado federal montado en el muro cuya construcción fue iniciada por el gobierno de Bill Clinton en 1994, posiblemente para demostrar que los mexicanos no nos sabemos rajar. Como diría el Piporro: ¡Ajúa!

En todo caso, creo que sería de gran utilidad conocer las gestiones realizadas por las secretarias responsables de los temas ante el gobierno de Estados Unidos para rechazar el trato a los migrantes deportados y para denunciar los efectos ambientales nocivos de los más de mil kilómetros de muros y barreras ya construidos en espacios que conforman un solo hábitat, como es el caso del desierto Sonora – Arizona. O, ante la falta de respuesta de los vecinos, saber cuáles demandas han sido interpuestas por nuestro gobierno ante las instancias internacionales con atribuciones en estas materias y con qué resultados.

En este sentido, sorprende leer que la secretaría responsable del tema dice que hará públicos sus criterios acerca del impacto ambiental, si el nuevo gobierno estadounidense cumple su propósito de construir el mentado muro. ¿Y los impactos negativos ya ocasionados forman parte del olvido?

Algo más.

Ojalá que los lamentos a los que me he referido estuviesen acompañados del análisis de los nudos existentes en la relación bilateral en el tema migratorio y otros.

Para citar un solo ejemplo: ¿ustedes creen que las grandes empresas agrícolas de los EUA están dispuestas a prescindir – de buenas a primeras- de la mano de obra mexicana especializada, para realizar las cosechas de frutas y verduras, trabajo que, a pesar de la proclama de Buy American, and Hire American, no están dispuestos a realizar los estadounidenses (blancos o negros), ni es del interés o las capacidades de los migrantes asiáticos o centroamericanos? ¿Está a nuestro alcance considerar cuáles serán las posibles consecuencias económicas y políticas de una situación de esta naturaleza? ¿O nos declaramos incapaces de realizar este tipo de reflexión?

En suma, en los más de 60 años transcurridos desde que Pedro Infante entonara la canción citada al principio, los cambios en las relaciones de intercambio, en la demografía, en el desarrollo tecnológico y en las interacciones planetarias han sido enormes. Muchos estudiosos han señalado que estamos en el umbral de una nueva época.

Creo que mucho ayudaría actuar con seriedad y ver lo que viene del otro lado de nuestra frontera norte a la luz de esos cambios, para tratar de encontrar los antídotos a los aspectos negativos y aprovechar las oportunidades que pudiesen identificarse. ¿No habrá una sola? ¿O seremos totalmente incapaces de encontrarlas y sacarles jugo?

Marco Alcázar Ávila

Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México, A.C. Embajador de México en Belice. Secretario Técnico de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, presidida por la Senadora Rosario Green. Cónsul General de México en San José, California.
Publicaciones:
“México y Centroamérica: una política integral”, en La política exterior de México, Metas y obstáculos. ITAM, Siglo XXI, 2013.
“El ideólogo en su laberinto”, en Otro sueño americano. En torno a ¿Quiénes somos? de Samuel P. Huntington. Editorial Paidós, 2004.
“Apuntes para una política hacia los mexicanos de allá”, en El Nuevo Milenio Mexicano, Universidad Autónoma Metropolitana, 2004.
“El Mecanismo de Tuxtla y Centroamérica en la política exterior de México”, en Revista Mexicana de Política Exterior de la Secretaría de Relaciones Exteriores., 2000; en coautoría con Laura Mora Barreto.

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