Por alguna razón el inicio de un nuevo año sirve a manera de catarsis para sopesar lo que se ha perdido y enlistar todo aquello que queremos ganar en el año que comienza. No, no haré una lista de propósitos de año nuevo. Alguna revista cosmopolita me convenció hace tiempo que vale más la pena fijarte un par de objetivos y no desperdiciar el sabor de doce uvas con propósitos inasequibles. Sí, apreciable lector, soy fácil de convencer siempre que citen a Schopenhauer o algún otro filósofo que no haya vivido la vida que recomienda vivir; así Arthur aconseja en (El arte de ser feliz) su cuarta regla que no debemos pretender más allá de nuestros alcances.

Sin embargo, sí quiero divagar sobre lo que el año pasado se llevó. Grandes escritores y maestros, uno que otro amor y un gran amigo partieron y hoy se han petrificado en algunas obras que guarda mi librero y los anaqueles de mi memoria. Vale la pena recorrer las páginas, los encuentros, los viajes y los altercados a manera de homenaje por aquello que se fue.

Las redes sociales hacen que nos confiemos en la permanencia y creamos que lo efímero de la existencia se ha disuelto entre un retuiteo y otro. Lo efímero nos golpea de pronto. Podemos perder a quien sea en el momento que sea, y aunque, no vale la pena vivir atormentados por ello, es mejor tener presente que aún la vida inmersa en el fango es vida.

Dicen que cuando un escritor muere, es como si muriera un amigo. Cierto. El 26 de enero de 2014 José Emilio Pacheco se inmortalizó en su obra, y en la memoria de sus lectores y allegados. Aún recuerdo que una tarde calurosa en la sala de mi casa, hace al menos 10 años, comencé a leer Las batallas en el desierto y quedé atrapado. Sentí que yo mismo era Carlitos y que debía buscar con urgencia a mi Mariana para declararle mi amor y recibir un beso. Leí El principio del placer como si no hubiera mañana y toda la poesía que pude encontrar. Qué alejada la sinceridad del poema Alta traición respecto a la poesía endulcolorada que se leía y recitaba en los concursos de la secundaria. No me pregunten cómo pasa el tiempo.

Meses después, el 17 de abril, de manera irrisoria, mientras esperaba a mi familia en un estacionamiento de Bodega Aurrera, me enteré de la muerte de Gabriel García Márquez. La muerte es muerte de cualquier manera, es verdad. Pero recibir la noticia de una gran pérdida a través de un mensaje de UNONOTICIAS es realmente desagradable. Nadie entendió mi tristeza, como nadie entiende que uno puede sentirse más cercano a su escritor favorito que a un familiar. Uno recorre años y experiencias con un libro, creciendo y madurando con él, uno se va constituyendo de manera fallida influido por algún personaje como Florentino Ariza o Úrsula Iguarán, aprendiendo de sus virtudes y copiando sus defectos.

No pude conocer a García Márquez. Su avanzada edad y su hartazgo por los medios le hacían saludar a su legión de fanáticos solo en fechas especiales, como cuando le llevaban rosas amarillas en su cumpleaños. Una ex novia, que compartía mi amor por la literatura me propuso alguna vez investigar su domicilio y acecharlo. Hicimos la investigación pero opté por no molestar al maestro. Recordé la anécdota que él mismo contaba, sobre una ocasión en que vio al otro lado de la acera pasar a su gran maestro Ernest Hemingway y no supo si acercarse a abrazarlo o hacerle una entrevista, optando al final por decirle desde lejos solamente “¡Adiós maestro!” y obteniendo un “¡Adiós amigo!” sin haber transgredido la imagen del gran escritor que de él tenía.

Dos meses antes yo había terminado una relación con la única persona que había entendido mi dolor por el fallecimiento de Gabo. Fue paradójico. Dos pérdidas cruzadas. De la relación fallida quisiera desplegar un análisis de las etapas del duelo pero mi incapacidad por entender la “pulsión de muerte” me detiene. En vez de eso puedo decir que no, no es fácil querer tanto y menos amar tanto, uno se abre y se entrega totalmente, uno sube a la cima de una pirámide, se coloca sobre la roca de sacrificios y espera a que la amada, en vez de abrirle el pecho y extraerle el corazón, le entregue el suyo sin ninguna duda. Pero no pasa, regularmente eso no pasa. En realidad después de colocarse sobre la roca uno espera el momento, cierra lo ojos, aprieta los labios y los puños, esperando el instante en el que la amada al fin encontrará la piedra filosa, el puñal adecuado para extraerle ese órgano sensible y estúpido que los enamorados dibujan y colorean en forma extraña en las cartas de amor. Más aún, cuando el corazón alcanza a dar sus últimos pálpitos fuera del pecho, uno todavía puede contemplar la embelesada expresión de la amada, deleitándose con el escurrimiento tibio a través de sus dedos del carmín líquido, que busca precipitarse a la tierra. Después, sólo un apagón, una quietud, una inmensa noche queda. No me pregunten cómo pasa el amor.

Otra razón que me hizo evidente la capa efímera del tiempo en la existencia de todos, fue la muerte de un amigo, un gran lector y un gran estudiante, del que desgraciadamente o afortunadamente me despedí sin saber que sería la última vez. Las mejores despedidas, quizá son las que se desconocen como tales, las naturales, las que se dan con una sonrisa y estrechando la mano. Tuvo complicaciones con la diabetes y de pronto, había sido devuelto al polvo de lo existente. Mi amigo Fernando Uranga, un gran poeta. Un poeta sensible, con el que soñé iniciar una tragicomedia de la poesía nihilista mexicana. Un proyecto que se ha petrificado en imposibilidad de escribir a dos manos lo que queríamos escribir. En fin, la vida sigue como siguen las cosas que tienen y no tienen mucho sentido. Uno de sus poemas que me he aprendido dice: “… ¡Que se mueran las rosas, / nosotros seremos el tallo vivo que clava sus espinas, / que la dulzura no nos cubra, / nosotros queremos amor desnudo y sin vergüenza!” Fernando se convirtió en palabras en las vacaciones de verano. Seguramente hasta el último segundo pensó en mujeres y en poesía, es decir, en la vida misma.

Ante la incertidumbre del futuro, este año por lo pronto ya ha traído muerte a las letras y el periodismo. Ya estamos entrando a la tercera semana. Un año que para muchos comienza a pintarse de tonos rojos y carmesí. Defendamos sin violencia los espacios en los que se puede leer y escribir con libertad, como éste. Sigamos creciendo y resistiendo la embestida de los monopolios de la razón. Sigamos siendo idealistas pero no olvidemos que “sería realmente estúpido de parte nuestra, sentirnos miserables por un ideal.”

Me despido con un último consejo, para alcanzar la felicidad en este nuevo año, que quizá algún día encuentren escrito en el reverso de una caja de cereal o dentro de una revista cosmopolita.

“Lo que debe hacerse para no sufrir demasiado es aprender a vivir sobre conocimientos parciales o mentiras aceptadas: si no se es un idealista extremo resulta cómodo vivir en unas casa construida a partir de un cúmulo de buenas y provechosas mentiras.” Guillermo Fadanelli

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