Cuando muere un gran escritor casi siempre se le despide con un epitafio que dice, palabras más, palabras menos, que su obra queda y él seguirá con vida en tanto se le siga leyendo.

Y tal consigna, que no sólo es cierta sino válida, debería conllevar la interrogante de cuánto, en realidad, se leyeron los libros de ese autor.

En ocasión del lamentable deceso de Günter Grass, un relevante hombre de letras de nuestros tiempos, podríamos hacer, por ejemplo, la prueba de preguntar a los jóvenes de nuestro país si lo conocen, lo han leído y cuál de sus libros les dejó huella.

De seguro constataríamos que apenas son unos cuántos los que conocen la obra del escritor alemán, lo que no debería sorprendernos –aunque nos entristezca– en un país que registra bajos índices de lectura a escala nacional.

Viene a propósito este comentario por dos razones: la primera, el hecho preocupante de que no se lee suficiente en México, ni en cantidad ni en calidad; la segunda se vincula a un par de comentarios que he escuchado a partir del fallecimiento de Grass en el sentido de que sus libros son de muy difícil lectura, opinión de la cual disiento.

Cómo no recomendar, por ejemplo, El tambor de hojalata, que es un libro tan asequible como apasionante y ameno, que desmitifica y pone en ridículo a quienes sostienen que se trata de un escritor de lectura casi inabordable. Otras de sus novelas, ensayos y hasta poesías son obras también comprensibles y a la vez profundas. Ahí están, por ejemplo, A paso de cangrejo y Mi siglo, entre otras novelas, así como Pelando la cebolla, su primer libro autobiográfico.

Lo que sí me parece que puede ser más debatible es que durante mucho tiempo se le consideró la conciencia social de Alemania tras la posguerra, lo cual debemos reflexionar más fondo, pues, como él mismo reveló en sus últimos años, en su juventud participó en los cuadros juveniles de Hitler, aunque, es justo aclararlo, más por obligación que por convicción.

En todo caso, más allá de estereotipos y etiquetas, quedémonos con su literatura que lleva en sí una profunda crítica al autoritarismo y que vislumbra de modo incuestionable la propuesta de la democracia, la equidad y el igualitarismo social.

Bien sabemos que Günter Grass fue un lúcido socialdemócrata, defensor de los valores humanos, como se refleja de modo congruente en su pensamiento y en sus escritos. Siempre preocupado por la situación del mundo, comprometido con el conocimiento de la realidad, que él nos transmitió de manera portentosa, en la que se percibe la tristeza, como ocurre en su obra Mi siglo, de 1999. Recordemos que precisamente en 1999 se hizo acreedor al Premio Nobel de Literatura “por su forma de descubrir y recrear el rostro olvidado de la historia”, según el comité que lo designó.

Por otra parte, ésta es una maravillosa oportunidad para subrayar su vocación de artista plástico, pues su primer libro –una obra de poesía, que escribió cuando estudiaba escultura– estuvo ilustrado nada menos que con dibujos de su autoría; para él pintar y escribir eran dos grandes pasiones que estaban íntimamente entrelazadas. Al respecto, leí en algún diario que está a punto de publicarse un libro que contendrá tanto poemas como dibujos y narraciones del escritor alemán. En la última etapa de su vida, a pesar de que tenía graves problemas en el pulmón y que requería del apoyo de un respirador, seguía fumando pipa, justo como lo vemos reflejado en sus interesantes autorretratos.

Por cierto, si nos referimos a sus dones en el ámbito de la plástica, debemos recordar que una de sus grandes ilusiones era exponer sus obras de nueva cuenta en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Es importante aludir también a su gusto por las pinturas negras de Goya, que tenía en su estudio como testigos de su proceso creativo, según describe el periodista Juan Cruz en una entrevista realizada en marzo y publicada en el diario El País al día siguiente de la muerte del escritor (“¡Es de una imaginación impresionante, cómo ilustra la demencia de este mundo!”, le dijo en referencia al pintor español). Cuando dibujaba con mucha efusividad y por largo tiempo, según se anota en esa entrevista, le era necesarísimo regresar a las palabras.

Estos cuantos pincelazos sobre el escritor alemán son sólo una forma de despertar el interés en él y de proponerles que leamos más y mejor a Günter Grass para que en verdad, como tanto lo merece, siga vivo entre nosotros.

Sobre el autor

Martha Chapa

Martha Chapa

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En nuestra cultura han existido mujeres de enorme talento y fina sensibilidad, por lo que las artes plásticas no han sido la excepción y entre ellas siempre brillará la pintura de Frida Kahlo como también la de María Izquierdo o Cordelia Urueta. Dentro de esa dimensión, la de artistas mexicanas que decidieron ser pintoras, se inscribe Martha Chapa, quien también ha generado una gran obra, con significativos reconocimientos, dentro y fuera del país. Su imaginación y fina sensibilidad abarcan diversos temas, texturas y materiales, aunque en casi todas sus pinturas aparece como icono central, esa legendaria fruta que es la manzana. Ella la eligió seguramente porque aprecia en este fruto su condición de testigo presente de los orígenes de la humanidad. En su búsqueda, lo mismo pinta óleos que dibuja e incursiona en la gráfica, y en años más recientes, plasmando su talento sobre láminas viejas, oxidadas, carcomidas, que rescata de su etapa final para recuperarlas e infundirles nueva vida y belleza. Día a día, con sus pinceles emprende la travesía de la imaginación y esboza una manzana: aquella que fascinó a Eva, la que perdió a Atalanta o la que hipnotizó a Cezane y hasta la que empieza a crecer en el árbol del paraíso, a sabiendas de que una manzana puede ser todas las manzanas. Cada vez que tiene frente a sí un lienzo, lo aborda con sensibilidad, talento, pasión y vitalidad para sembrar ese fruto que apuntala la vida, refuerza el amor a la tierra y acrecienta el disfrute estético. Ratifica así que el arte conlleva elevados valores en nuestra sociedad y en la construcción de ese ser humano pleno, sensible y generoso que todos deseamos como ideal y esperanza para enfrentar el futuro. Martha Chapa, originaria de Monterrey, Nuevo León, inicia su trabajo artístico en la década de los sesentas Son ya 300 exposiciones individuales y un sin fin de colectivas, las que ha realizado en México, Europa, Estados Unidos y diversos países del Caribe, Centro y Sudamérica. Asimismo ha incursionado en la escultura y en el arte objeto. De su enorme creatividad surgen mágicamente lo mismo montañas, magueyes, colibríes, que búhos, guadalupanas y abstractos, entre otros muchos temas de sus pinturas. Su trabajo e imaginación se extiende también meritoriamente a través de una importante obra gastronómica pues ha publicado ya 32 libros, en especial sobre la cocina mexicana, además de artículos periodísticos en diversos medios de comunicación y como conductora de la serie “El sabor del Saber”, en TV Mexiquense Una artista de dimensión internacional, que convierte a Martha Chapa, en todo un valor de nuestra cultura contemporánea, con ya 4 décadas de destacada trayectoria dentro de la plástica mexicana, y con múltiples homenajes y reconocimientos, dentro y fuera de nuestras fronteras. Una destacada mexicana y talentosa creadora, comprometida con el arte y la cultura contemporánea.

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