Una estatua del Che Guevara en La Higuera, Bolivia, donde fue asesinado en 1967 Nadia Shira Cohen para The New York Times

Irma Rosales, cansada tras décadas de atender su pequeña tienda, se sentó una mañana con una caja llena de fotos y recordó al extraño que hace cincuenta años fue ejecutado en la escuela local.

Contó que su cabello era largo y grasoso, sus ropas estaban tan sucias que podrían haber sido las de un mecánico. Recordó que no dijo nada cuando ella le llevó un plato de sopa poco antes de que se escucharan las balas. El Che Guevara había muerto.

Acaba de cumplirse medio siglo de la ejecución de Guevara, el médico argentino cuyo nombre de pila era Ernesto y que dirigió a columnas de guerrilleros desde Cuba hasta el Congo. Fue un hombre que combatió a Estados Unidos durante la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba, el mismo que pronunció un discurso ante las Naciones Unidas y predicó sobre un nuevo orden mundial dirigido por los marginados de las superpotencias.

Su vida brillante solo fue opacada por el mito que surgió con su muerte. La imagen de su barba desaliñada y su boina con una estrella se convirtió en la tarjeta de presentación de los revolucionarios románticos de todo el mundo. A lo largo de varias generaciones, se le ha visto en todas partes: desde los campos selváticos de milicias hasta los dormitorios universitarios estadounidenses.

Sin embargo, los pobladores de La Higuera que vivieron esa época narran una historia mucho menos mítica, que describe un episodio corto y sangriento en el que un rincón olvidado de esta provincia montañosa se convirtió en un campo de batalla de la Guerra Fría.

Susanna Osinaga Roble, de 85 años, era enfermera cuando murió el Che Guevara y su supervisor le ordenó limpiar su cuerpo. Nadia Shira Cohen para The New York Times

Susanna Osinaga Roble, de 85 años, era enfermera cuando murió el Che Guevara y su supervisor le ordenó limpiar su cuerpo. Nadia Shira Cohen para The New York Times

Rosales recuerda que al poco tiempo de que Guevara y los demás forasteros que le acompañaban aparecieran en el área, con promesas de igualdad, los guerrilleros fueron arrastrados hacia un mar de sangre.

“Fue una tortura para nosotros”, dijo. “Para nosotros, esa fue una época de sufrimiento”.

Y conforme América Latina recuerda la muerte de Guevara, la región también inicia un amplio ajuste de cuentas con los movimientos de izquierda que se inspiraron en este personaje.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, la guerrilla más grande que quedaba en la región, este año salió de la selva y entregó las armas culminando una guerra en la que nadie se declaró victorioso y en la que Colombia perdió a más de 220.000 personas.

El movimiento inspirado en el socialismo del difunto presidente venezolano Hugo Chávez condujo a mejoras en la educación y los servicios de salud, pero el país se ha hundido en el hambre, la agitación y un gobierno que algunos tildan de dictadura.

Incluso Cuba, que por años ha vivido con orgullo bajo la bandera revolucionaria que izó Guevara, ahora se enfrenta a un destino incierto a medida que el deshielo que se había alcanzado con Estados Unidos se complica con el gobierno de Trump.

Bolivia es una de las últimas democracias de América Latina donde la izquierda sigue en el poder y es difícil para los movimientos políticos florecer en ese vacío, según uno de los gobernantes del país. “No se puede prosperar ni mantenerse en el tiempo si no se tienen victorias y luchas en otros lugares”, comentó Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia.

Jon Lee Anderson, quien escribió una biografía de Guevara y fue clave para descubrir sus restos —que escondieron los soldados hasta la década de los noventa— dice que Guevara y la izquierda ya tocaron fondo en otros momentos.

“Pero el Che permanece puro”, agregó. “Es un modelo siempre presente, un icono. ¿Hacia dónde irá en el futuro? Tengo esta idea de que el Che viene y va”.

La lavandería en el hospital donde el mundo vio el cuerpo del Che Guevara se ha convertido en un monumento. Nadia Shira Cohen para The New York Times

La lavandería en el hospital donde el mundo vio el cuerpo del Che Guevara se ha convertido en un monumento. Nadia Shira Cohen para The New York Times

La desaparición de un revolucionario

Durante sus últimos años de vida, el paradero de Guevara era un misterio para todo el mundo.

Después de que supervisó los escuadrones establecidos después de la victoria comunista en Cuba, y tras un periodo en el que dirigió el banco central de ese país, Guevara se desvaneció en 1965, enviado por Fidel Castro a organizar revoluciones en el extranjero. Lo mandó a una misión fallida en el Congo; después anduvo en distintas casas de seguridad de ciudades como Dar es Salaam y Praga.

“En aquel entonces, se decía que Fidel lo había matado; otros decían que había muerto en Santo Domingo o que estaba en Vietnam”, dijo Juan Carlos Salazar, quien en 1967 era un reportero boliviano de 21 años que buscaba su primer reportaje importante. “Decían que estaba aquí o allá, pero nadie sabía dónde”.

Loyola Guzmán, una revolucionaria que formaba parte de los líderes juveniles comunistas de La Paz, sería una de las primeras personas en saber dónde estaba el célebre guerrillero. Un día recibió un mensaje: se requería de su presencia en Camiri, un pequeño poblado cerca de la frontera de Paraguay. Dijo que no tenía idea del motivo de la reunión.

Guzmán es una mujer de 75 años, pero una foto de enero de 1967 muestra su rostro con el rubor de la juventud, en ropa de trabajo y una gorra, sentada sobre un tronco de un campo selvático donde hacía un calor sofocante. A su lado estaba Guevara.

“Dijo que quería crear ‘dos o tres Vietnam’”, recordó Guzmán, con Bolivia como base de una revolución tanto local como para los países vecinos, Argentina y Perú. Guzmán estuvo de acuerdo con la idea y fue enviada a la capital a obtener apoyo para los revolucionarios y administrar su dinero.

En marzo de 1967, comenzó la batalla.

Salazar, el periodista, supo en días posteriores de ese mismo mes que se habían desatado combates entre el ejército boliviano y un grupo armado, los cuales habían dejado a varios soldados heridos. El reportero fue enviado al área para investigar, pero no estaba claro quiénes eran los guerrilleros, solo se sabía que daban golpes importantes a las fuerzas gubernamentales.

Poco después, se empezó a correr la voz de que el cabecilla podía ser Guevara.

El ejército quería encontrarlo y derrotarlo. Entre los periodistas “todos querían entrevistarlo”, recordó Salazar.

Un pueblo receloso

Aunque Guevara era conocido en todo el mundo, su fama le sirvió poco para granjearse la simpatía de los campesinos bolivianos.

El país ya había pasado por una revolución una década antes, la cual instituyó el sufragio universal y la reforma agraria, además de que expandió la educación. No hay documentación alguna de que, durante el tiempo que Guevara pasó combatiendo en Bolivia, un solo campesino se haya unido a sus filas.

“No lo pensó bien”, dijo Carlos Mesa, expresidente de Bolivia e historiador, quien tenía 13 años cuando Guevara llegó. “Fracasó porque tenía que fracasar”.

Rosales —la mujer que le dio a Guevara el plato de sopa tras su captura— recordó haberse quedado estupefacta un día en La Higuera, poco antes de que Guevara fuera asesinado, cuando uno de sus guerrilleros, Roberto Peredo, conocido como Coco, entró al edificio donde trabajaba y le pidió usar el teléfono.

Ninguno de los pobladores esperaba esa visita, ya que los guerrilleros no tenían buena reputación. Todos los hombres del pueblo habían huido a las colinas, temiendo que los guerrilleros trataran de llamarlos a sus filas.

“Nos decían que los guerrilleros golpeaban a los hombres y violaban a sus esposas, que se llevaban cosas, y por tal motivo nadie les daba la bienvenida”, dijo Rosales.

Rosales recuerda que ese mismo día, el alcalde del lugar le informó a las autoridades que los guerrilleros habían llegado al pueblo.

Irma Rosales, tendera, relata que le dio a Guevara un plato de sopa tras su captura. Nadia Shira Cohen para The New York Times

Irma Rosales, tendera, relata que le dio a Guevara un plato de sopa tras su captura. Nadia Shira Cohen para The New York Times

 

Cada vez más cerca

Con información como la provista por el alcalde, el ejército comenzó a asediar al grupo de guerrilleros. Entre los que estaban al acecho se encontraba Gary Prado, entonces un joven oficial que había perseguido a Guevara por las montañas durante todo el verano.

Desde su estudio en la ciudad de Santa Cruz, el general jubilado, ahora de 78 años, admitió que el ejército apenas estaba preparado para combatir a una guerrilla en su elemento y en terreno conocido. Sin embargo, pronto comenzó a recibir ayuda con capacitación estadounidense y la llegada de agentes de la Agencia de Inteligencia Central (CIA, por su sigla en inglés), que ansiaban ver muerto a Guevara.

Guevara había sido aclamado por sus tácticas militares en la victoria de Castro en Cuba y escribió un manual, La guerra de guerrillas, que todavía utilizan los insurgentes de todo el mundo como guía. Sin embargo, Prado comentó que el Che estaba cometiendo errores en Bolivia: estableció bases que no podía defender, dividió sus fuerzas y dejó atrás fotos que los soldados estaban usando como pistas.

“Dominaba la guerra de guerrillas”, dijo Prado. “Llegó aquí e hizo todo al revés”.

En la última entrada de su diario, el 7 de octubre, Guevara escribe que se encontró con una vieja que pastoreaba a sus chivas, a quien tomó de rehén para interrogarla acerca de los soldados cercanos. “Se le dieron 50 pesos con el encargo de que no fuera a hablar ninguna palabra, pero con pocas esperanzas de que cumpliera sus promesas”, escribió.

La escuela donde Guevara fue asesinado ahora es un museo. Nadia Shira Cohen para The New York Times

La escuela donde Guevara fue asesinado ahora es un museo. Nadia Shira Cohen para The New York Times

‘Soy el Che’
El 8 de octubre hubo una balacera entre los soldados bolivianos y un grupo de combatientes.

Sin embargo, según Prado, la refriega acabó de manera distinta. Cuando uno de los guerrilleros se rindió, gritó: “No disparen, soy el Che y valgo más vivo que muerto”.

Julia Cortés, ahora de 69 años, recuerda haber escuchado una balacera a la distancia ese día mientras se acercaba a La Higuera, donde daba clases en la escuela local.

Luego de capturar a Guevara, el ejército lo trasladó a esa escuela. El guerrillero apenas y podía hablar cuando Cortés entró a la escuela al día siguiente, el 9 de octubre. Musitaba cosas sobre la revolución, dijo la exmaestra, sobre la lucha que estaba perdiendo.

“Dicen que era feo, pero a mí me parece que era increíblemente hermoso”, relató Cortés. Ella comentó que recién había llegado a su casa cuando se escucharon los disparos que lo mataron.

Salazar, el reportero, había regresado a La Paz para cubrir el juicio de otro guerrillero cuando se enteró de la ejecución en La Higuera. Se apresuró a volver a la región para informar sobre la muerte, lamentando haberse perdido la que para él “habría sido la entrevista del siglo”.

García Linera, vicepresidente de Bolivia, era un niño ese día y recuerda haber visto la imagen de Guevara en la primera plana de Presencia, un periódico boliviano, cuando estaba en la cama de su abuelo. “Todavía puedo ver esa foto, con la vista hacia el cielo, todo en blanco y negro”, dijo. “De primera vista, se veía como cualquiera, incluso como un indigente”.

Guzmán, la compañera guerrillera de Guevara, ya estaba bajo custodia del ejército para cuando Guevara fue capturado. No supo de su muerte sino hasta que encontró la copia de Presencia en un baño de la cárcel.

Rosales recuerda haber visto a Cortés acercarse a la escuela en La Higuera, tras el asesinato, para limpiar la sangre derramada en el salón.

“Desde entonces no ha habido clases”, dijo Rosales mientras explicaba que la escuela se convirtió en un pequeño museo. “Los niños no quieren ir ahí”.

El patio en la nueva escuela del pueblo está cubierto con murales del Che Guevara. Nadia Shira Cohen para The New York Times

El patio en la nueva escuela del pueblo está cubierto con murales del Che Guevara. Nadia Shira Cohen para The New York Times


Fuente: NYTimes / Nicholas Casey

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