El problema con la indignación por Internet, como ya he dicho en ocasiones anteriores, es, más allá del fugaz interés o la opinión infundada, la asunción acrítica de principios y tesis morales inconsistentes, ingenuas o llanamente hipócritas.

En primer lugar, está la supina ignorancia de quien enjuicia sin un mínimo conocimiento de los actores, el contexto o las causas de un conflicto o problema. En segundo (consecuencia de lo primero), la falta de empatía real, aquella desde la cual se acompaña, se comprende y se señala el mal, en tanto se tiene la posibilidad de ayudar a paliarlo o corregirlo, sin limitarse meramente a apuntar con el dedo de manera moralista.

Lo que me preocupa realmente, sin embargo, es un tercer factor: la emisión de juicios morales dogmáticos, irreflexivos y aislados —tanto del contexto del cual se juzga, como desde el propio desde el cual se parte—. En particular, un pacifismo a ultranza que se toma como axioma incuestionable e imperativo categórico universal… y que, por tanto, no está a la altura de la realidad ni de nuestra vana ambición de ‘paz universal‘.

No sólo es que resulte extremadamente difícil desterrar del todo la violencia de la sociedad humana: incluso en su forma más racionalizada y atemperada, permanece detrás del Derecho y como fundamento esencial de cualquier Estado. No conozco a nadie sensato que no crea necesaria una policía con poder de coerción o unas fuerzas armadas mínimas.

También, como vemos en Gaza, Siria o Irak, algunos conflictos tienen raíces tan hondas, se nutren de problemas tan intrincados y los abonan odios tan añejos que parece requerirse un Hércules para desenredar semejantes madejas. Existen, por desgracia, callejones políticos sin salida en los que la violencia es, de hecho, la única salida.

Esto puede ilustrarse bastante bien, según creo, si trazamos una analogía con la I Guerra Mundial, cuyo centésimo aniversario se conmemora estos días. Este conflicto sin parangón en extensión y violencia que es causa necesaria de todos los cataclismos del siglo XX (y los actuales del XXI, como las guerras mediorientales aquí citadas), estalló por una chispa que, en retrospectiva, se nos antoja absurda. Y, en efecto, hoy podemos decir que los actores al frente de las cancillerías y estados mayores europeos actuaron precipitada, temeraria e irresponsablemente en el verano de 1914.

Mas una chispa se desvanece si no hay un polvorín que prender. En el caso de la Europa de hace un siglo, hallamos, por ejemplo, nacionalismos vigorosos y jóvenes (y, por tanto, inmaduros), imperialismos descarados, unacarrera armamentística generalizada, profundos agravios históricos, etcétera. Como bien dice en su magno libro sobre la Gran Guerra el historiador Sir Martin Gilbert:

No fue una sola rivalidad ni la disputa por un solo lugar o región lo que provocó la guerra, sino que todas las rivalidades y las disputas se combinaron para crear y fomentar los estados de ánimo y las oportunidades que hicieron la guerra primero concebible, después posible y, finalmente, deseable.

Por más que podamos juzgar, hoy por hoy, lo absurdo o nefasto de las causas que llevaron a la ‘Gran Guerra’ y sepamos, con el beneficio de la perspectiva histórica, lo terrible y fútil de su desarrollo (claro que, en 1914, nadie podía saber cuán horripilante y catastrófica sería ni que, en vez de resolver algo, causaría otra guerra apenas veinte años después, infinitamente más cruenta), ¿qué condiciones reales existían, en ese momento, para detener la hecatombe?

Los movimientos obreros y socialistas, de discurso más o menos pacifista, cerraron filas con sus respectivas naciones, lideradas por reyes, militares e industriales conservadores, antes que apostar por la solidaridad obrera internacional. Las voces moderadas o que profetizaban una conflagración larga, costosa y apocalíptica eran apenas una minoría. De hecho, ningún gobierno, prensa o pueblo estaba dispuesto a dar un paso atrás.

De tal manera que, si quisiéramos imponer nuestro bienintencionado afán pacifista en la Europa de 1914, tendríamos que convencer a la gente de aquel tiempo, a su vez, de las consecuencias cataclísmicas de un conflicto global, de su infame costo humano e inefable sufrimiento. Habríamos de persuadirla a renunciar a su nacionalismo exacerbado, convicciones autoritarias, xenofobia imperialista y aun a su versión blanco y negro de la Historia.

Es decir, aplicar las lecciones del siglo XX a gente con mentalidad del XIX que no podía prever el futuro ni cambiar de la noche a la mañana sus valores e ideas sin el largo y doloroso proceso que a nosotros nos tomó un siglo entero. Si a estas alturas hemos aprendido que la guerra es el peor de los males y no una herramienta más de la política exterior de un país (a veces, ni siquiera ya motivo para enorgullecernos del pasado), es precisamente por la matanzas de las trincheras de 1914-1918 y la barbarie generalizada de 1939-1945. Le estaríamos pidiendo, así, a gente de hace cien años que adopte nuestra ética, cribada por Auschwitz e Hiroshima.

En 1984, tuvo lugar una ceremonia en el campo de batalla de Verdún, donde François Mitterrand y Helmuth Kohl escucharon de pie ‘La Marsellaise‘ así como ‘Deutschland über Alles‘ y rindieron tributo a los más de 300,000 soldados franceses y alemanes caídos durante la funesta batalla de 1916. Se trata de uno de los momentos fundacionales de la Unión Europea actual. La pregunta es muy sencilla: ¿el presidente Poincaré y el káiser Guillermo II se podrían haber dado la mano en circunstancias similares?

O bien, ¿cómo fue posible llegar a nuestro mundo democrático y de los derechos humanos?, ¿qué destronó a autócratas como el zar de Rusia o el emperador austrohúngaro?, ¿qué desacreditó al ultranacionalismo fascista y al colectivismo violento socialista?, ¿qué hizo que Japón y Alemania renunciasen definitivamente al militarismo que, en 1900, parecía ser la esencia más pura de su identidad nacional?, ¿qué provocó que Gran Bretaña y Francia dejaran de creer en la supremacía blanca por la cual sometían a millones de africanos y asiáticos?

Si Europa ha llegado a unificarse en torno a sus convicciones comunes y las lecciones de su atropellada historia, ha sido por un proceso ideológico, político, económico y cultural increíblemente largo y repleto de baches. Siria, Irak o Israel nacieron, artificialmente (como producto del imperialismo europeo y de la I Guerra Mundial), hace apenas un siglo o menos.

Es por ello que insistir en una resolución de un conflicto nada más porque sí, porque la guerra es siempre un mal execrable (que lo es), sin importar cuán noble y bienintencionada sea la intención, poco ayuda a resolver los problemas reales que lo causan. Hace falta sufrir traumas en carne propia, llegar al hartazgo y al agotamiento, para que la violencia deje de ser una opción y pueda comenzar un lento y tortuoso proceso de saneamiento y reconciliación. Porque nadie escarmienta en cabeza ajena

Peor aún si hablamos no ya de resentimientos nacionales y agravios personales agriados con los años (como el encono francoalemán o el israelí-palestino), sino del necesario reequilibrio de fuerzas que sigue al colapso de una estructura artificial, sin más fundamento que la violencia interna y externa (cual es el caso de Siria, Irak o Líbano). Por no hablar del fanatismo sectario y fundamentalista detrás de Hamás, al-Qaeda o el Estado Islámico.

Como estudioso y apasionado de la historia militar, abomino la guerra. He conocido testimonios conmovedorsísimos, escritos y de viva voz, sobre sus horrores. No creo, tampoco, que haya ni una sola guerra concreta inevitable. No obstante, y por esos mismos estudios, sé que el pacifismo a ultranza en nada ayuda, pues la Historia enseña que, si los problemas son harto complejos, las respuestas lo son todavía más. Y yo no las tengo. ¿Usted sí?

 

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